Un plan de un día (o dos) para salir del changarro de la ciudad: presa, pinos, malteadas y suficiente frío como para justificar el suéter.
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Cuando ya viste todo Chapultepec dos veces y el tráfico del Ajusco te da hueva, Villa del Carbón es la jugada: hora y media desde el poniente de la CDMX y de repente estás entre pinos, con neblina en la mañana y una presa que se pone dorada al atardecer. No es un pueblo mágico con Instagram-trap en cada esquina, es más terregoso y real, y justo por eso vale la pena. Aquí te dejo el itinerario que arma un día completo sin que sientas que perdiste el domingo en la carretera.
Es el corazón del plan. La presa está rodeada de vegetación y en temporada de lluvias (como ahora, septiembre) baja con buen nivel, lo que la hace ver espectacular desde los miradores del camino. Puedes rentar lancha o kayak con los locales que trabajan ahí mismo, o simplemente sentarte con un café en algún puesto de la orilla y dejar que se te pase la prisa de la ciudad. Llega temprano: la neblina de la mañana sobre el agua es el mejor arranque de día que vas a tener en meses.
Si traes ganas de mover el cuerpo, hay senderos señalizados dentro del área natural protegida que rodea la presa. No es una caminata brutal ni requiere equipo técnico, pero sí terreno irregular y subidas cortas, así que tenis con buen agarre, no vas en huaraches. El bosque de encino y pino te da sombra casi todo el trayecto, y si vas con niños es totalmente manejable en tramos cortos.
Villa del Carbón tiene varias granjas de trucha donde puedes pescar la tuya o simplemente sentarte a comerla recién salida del agua, generalmente frita o al mojo de ajo. Es la comida obligada de la zona, así que no salgas del municipio sin probarla. Busca los criaderos sobre la carretera hacia el centro, están bien señalizados y casi todos tienen área para comer al aire libre.
Suena raro pero Villa del Carbón es zona lechera desde hace generaciones, y eso se traduce en malteadas artesanales que se venden por todo el pueblo, hechas con leche de la región. Es el postre-souvenir del viaje: cómprate una para el camino de regreso y entenderás por qué la gente hace el viaje solo por esto.
La zona está llena de cabañas rústicas entre los árboles, la mayoría con opción de asador y chimenea, ideales si vas en época de frío (que ya casi llega). Conviene reservar con anticipación los fines de semana porque es de los destinos favoritos de quienes buscan escapar de la CDMX sin manejar más de dos horas.