

No todas las cafeterías de barrio son iguales, y hay señales que ayudan a distinguir las que valen la pena. Fíjate si el lugar puede platicarte de dónde viene el grano, cómo lo tuestan y qué método usan para prepararlo; eso ya dice mucho. Una carta corta pero bien resuelta —espresso, filtrado, una fría y un par de opciones de comida— suele ser mejor señal que un menú interminable. También vale la pena ver si compran pan a hornos cercanos o si apoyan a productores locales, porque ahí es donde tu consumo diario se convierte en algo más que una transacción. El precio no siempre es el criterio final: a veces un café un poco más caro significa mejores condiciones para quien lo produce. Llega en transporte público o bici si puedes, y aprovecha para caminar la colonia.